había dividido las regiones Guna. En 1930 la Ley 59 dio reconocimiento legal a la Comarca, y en
1945 el Congreso de Dubwala unificó al pueblo bajo una sola autoridad. Para mediados de siglo el
trato con el Estado ya era diplomático: en 1954 Yabiliginya creó un pacto con el ministro Marco
Robles para la regulación del comercio del coco.
Detrás de esa trayectoria hay un principio. El gobierno Guna pone a la comunidad por delante, la
conciencia comunal que organiza “Nanigar-Babigar”, y desde ahí toma del Estado lo que le sirve,
sea la escuela, el comercio o la negociación, sin subordinarse a él. Esa integración selectiva, que
sostiene la soberanía colectiva en lugar de disolverla, es lo que Grande (2004) describe como
pedagogía roja. Para el aula, el texto ofrece un caso real con el que enseñar instituciones, ciudadanía
y soberanía: un gobierno que funciona fuera del molde republicano. Y abre una posibilidad
intercultural concreta, la de mostrar a los estudiantes que el poder puede organizarse de más de una
forma legítima, y que el civismo no se agota en el Estado-nación.
Geografía e interacción ambiental (Martínez, 2016).
La interacción entre el ser humano y el medio ambiente es uno de los temas centrales de la geografía
escolar. El currículo la plantea en clave de recursos; el Módulo, sin ir más lejos, pide “aprender a
explotar el suelo” (MEDUCA, 2020, p. 21). El legado de los abuelos parte de otra relación con el
territorio. Nombra montañas y ríos panameños, como Diammayala (Cerro Brewster), y los entiende
desde el parentesco. “Todos formamos una sola gran familia […], y hablamos así de familia
cósmica”, escribe Martínez (2016, p. 3).
En esa lectura, la responsabilidad ecológica que Nanigar-Babigar coloca en el centro deja de ser
una norma de conservación y se vuelve un vínculo. Destruir un manglar ya no es un problema de
manejo de recursos. Es romper una relación, y por eso, advierte el texto, empieza a faltar el
alimento. El aporte para la geografía escolar es claro. El texto ofrece un segundo modelo de la
relación entre las personas y su territorio, y ahí está su valor intercultural: el estudiante puede
sostener a la vez el modelo del recurso y el del parentesco, evaluar qué consecuencias trae cada
uno y no dar por natural uno solo.
Formación cívica y ética (Wagua, 2019).
La formación ciudadana atraviesa toda el área de ciencias sociales. El currículo trabaja con
símbolos patrios y con valores que el calendario reparte por meses. Relatos de mi gran historia
ofrece otra base. Sus figuras fundadoras, Ibeorgun y Gikadiryai, se reparten sin jerarquía la
fundación de la vida social; esa complementariedad entre el camino de ella y el de él es la que da
nombre a “Nanigar-Babigar”.
De ahí parte la enseñanza central del texto: la identidad no es individual, nace de la comunidad.
“Es la comunidad la que nos da nuestro nombre”, dice Wagua (2019, p. 19). Algo parecido ocurre
con los “Ba Daleged”, los mandatos de conducta que recoge; no se aprenden de memoria, se